Entre güelfos y gibelinos

Entre güelfos y gibelinos
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Vivimos una época presidida por la dura confrontación y la pugna fraticida. Poco a poco la indeseable animadversión se ha adueñado de la vida política. No hay ámbito para el necesario compromiso y el anhelado pacto; no se cede nada, ni se da el más pequeño respiro al contrincante, convertido en enemigo, mientras los días de un añorado consenso se han perdido. Y lo que es peor: la situación amenaza con enquistarse y afectarnos, como todo maniqueísmo, a la totalidad de españoles, imponiendo el desencuentro entre una ciudadanía fragmentada. En este estado de antagonismo, el rechazo radical del otro, la obsesiva devoción a la causa y la convicción de monopolizar la razón ante la Historia, se enseñorean de nuestro país. Sólo escuchamos las palabras de los nuevos Robespierre en la Convención: «Van a rodar cabezas». De aquí el título, Entre güelfos y gibelinos. Crónica de un tiempo convulsionado. Una obra que es la ordenada recopilación de las colaboraciones del autor aparecidas los años 2005 y 2006 en la prensa nacional (ABC, La Voz de Galicia y La Gaceta de los Negocios). En este contexto, todos nos encontramos impelidos a poner coto a tanto sinsentido y a recuperar la debida tolerancia y el obligado acuerdo. Al menos, en las cuestiones de Estado: modelo territorial, terrorismo, educación, política internacional, etcétera. Solamente los necios desmantelan y arrumban los éxitos tan esforzadamente logrados. Solamente los amorales impulsan y disfrutan el cuanto peor, mejor. Solamente los enajenados se suicidan individual y colectivamente. Hay que restablecer un animus de convivencia. ¿Por qué hemos de seguir bruñendo las armas? ¿O es que queremos seguir sumidos en el irrespirable ambiente con que arrancaban los versos de Romeo y Julieta de Shakespeare?: «Dos familias, ambas iguales en dignidades y en alcurnia, vivían en la bella ciudad de Verona. Ciertas antiguas rencillas encendieron un día nuevos odios que mancharon de sangre las manos de sus conciudadanos». Hagamos posible la reedición de nuestro aggiornamento político. Dejemos la hostilidad para argumento lúdico de las óperas de un Giuseppe Verdi (Simón Boccanegra) y un Guiacomo Puccini (Gianni Schicchi). Hemos de regresar al tiempo de la concordia y la codecisión en los asuntos de nuestra res publica. Volver a hacer hincapié en lo que nos une, y no en lo que nos diferencia. La Política no es la refriega descarnada e inmisericorde que Carl Schmitt acuñaba en su dialéctica amigo-enemigo, sino la búsqueda de una coexistencia resolutiva de los conflictos. El compromiso es inexcusable. Proscribamos el voto «en contra» y auspiciemos, de una vez por todas, el voto «a favor» de los proyectos colectivos. Y en ella hay sitio para todos: desde los que gustan del allegro vivace hasta los que prefieren el andante maestoso; de los que actúan en el Guignol cómico hasta los que lo hacen en el Racine dramático.

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